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31 oct · Café GraciaVer más

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Qué creemos

Esta es nuestra declaración de fe completa. La publicamos tal como la enseñamos, para que sepas exactamente dónde estamos parados antes de visitarnos.

1La Biblia

Creemos que la Biblia, compuesta por los 66 libros del Antiguo y Nuevo Testamento, es la Palabra inspirada por Dios, infalible y sin error en sus manuscritos originales (2 Timoteo 3:16-17). Esta revelación fue dada por Dios a través de hombres que escribieron bajo la dirección del Espíritu Santo, garantizando que cada palabra es verdadera y autoritativa (2 Pedro 1:20-21). La Biblia es suficiente para todo lo que concierne a la fe y la práctica, y es la norma definitiva para todas las decisiones de vida y doctrina (Salmo 19:7-8; 2 Pedro 1:3-4).

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Además, creemos en la preservación providencial de las Escrituras. A lo largo de los siglos, Dios ha preservado su Palabra, asegurando que, a pesar de las copias y traducciones, la esencia y el mensaje central de las Escrituras permanezcan inalterados y accesibles para todos los creyentes (Isaías 40:8; Mateo 24:35). La crítica textual es una herramienta importante que nos permite acercarnos aún más a los textos originales, confirmando la confiabilidad de la Biblia que tenemos hoy.

La interpretación de las Escrituras debe realizarse de manera literal, histórica y gramatical, tomando en cuenta el contexto y el significado original de los textos. Creemos que la Biblia es la única fuente autorizada de revelación divina y que no se necesita ninguna otra revelación adicional para conocer la voluntad de Dios (Gálatas 1:8-9). Todos los creyentes están llamados a estudiar diligentemente la Palabra de Dios, a meditar en ella y a aplicarla a sus vidas, ya que es viva y eficaz, capaz de transformar el corazón y la mente (Hebreos 4:12).

2La Trinidad

Creemos en un solo Dios, eternamente existente en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Mateo 28:19). Estas tres personas son iguales en esencia, poder y gloria, compartiendo la misma naturaleza divina, pero se distinguen en sus funciones y relaciones. Dios el Padre es el creador y sustentador de todas las cosas, Jesucristo es el redentor que se encarnó para salvarnos, y el Espíritu Santo es el santificador que habita en los creyentes (Génesis 1:1; Juan 1:1, 14; 14:16-17).

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La doctrina de la Trinidad es fundamental para la fe cristiana, revelando que Dios es un ser relacional y amoroso. Aunque el concepto de la Trinidad trasciende nuestra comprensión completa, es claramente enseñado en las Escrituras y es esencial para entender la obra de Dios en la redención y en la vida del creyente. El Padre es la fuente de toda divinidad, el Hijo es la manifestación de Dios en carne, y el Espíritu Santo es la presencia de Dios en los corazones de los creyentes (Juan 17:21-23; 1 Corintios 12:4-6).

La Trinidad también tiene implicaciones prácticas para la vida cristiana. Nos llama a la unidad en medio de la diversidad dentro del cuerpo de Cristo, reflejando el amor y la comunión perfectos que existen entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Adoramos a Dios en su totalidad: al Padre, a través del Hijo, en el poder del Espíritu Santo. Esta comprensión trinitaria también nos impulsa a vivir en comunión unos con otros, siguiendo el ejemplo de la comunión divina que existe dentro de la Trinidad (Efesios 4:3-6).

3Dios el Padre

Creemos que Dios el Padre es la primera persona de la Trinidad, el creador y sustentador de todo lo que existe (Génesis 1:1; Colosenses 1:16-17). Él es soberano sobre el universo, ejerciendo su dominio providencial sobre la creación, la historia y la vida de cada ser humano. Dios es santo, justo y perfecto en todos sus caminos, y nada escapa a su conocimiento o control (Salmo 139:1-4). Como Padre, Él demuestra su amor y cuidado paternal hacia todos sus hijos, protegiéndolos, proveyendo para ellos y disciplinándolos cuando es necesario (Hebreos 12:6-7).

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La paternidad de Dios es experimentada de manera especial por aquellos que, a través de Jesucristo, han sido adoptados como hijos e hijas de Dios (Romanos 8:15-16). Esta adopción nos concede el derecho de acercarnos a Dios con confianza, llamándolo "Abba, Padre", y de experimentar su amor incondicional y su presencia continua en nuestras vidas. Dios el Padre no es distante ni indiferente, sino que está activamente involucrado en nuestras vidas, guiándonos y moldeándonos para que seamos conformados a la imagen de su Hijo (Efesios 1:3-5).

Además de ser un Padre amoroso, Dios es también el juez justo que un día juzgará a toda la humanidad (Hechos 17:30-31). Este juicio será justo y equitativo, basado en la perfecta justicia de Dios. Sin embargo, aquellos que están en Cristo no tienen nada que temer, pues han sido justificados por la fe y están bajo la gracia de Dios (Romanos 8:1). Nuestra relación con el Padre es una de amor, obediencia y confianza, sabiendo que Él está obrando todas las cosas para el bien de aquellos que lo aman (Romanos 8:28).

4Jesucristo

Creemos que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, plenamente Dios y plenamente hombre, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María (Mateo 1:18-23; Colosenses 2:9). Jesús vivió una vida sin pecado, cumpliendo perfectamente la ley de Dios y revelando el carácter y la voluntad de Dios a la humanidad (Hebreos 4:15). Su muerte en la cruz fue un sacrificio expiatorio por los pecados de la humanidad, satisfaciendo la justicia divina y reconciliándonos con Dios (1 Pedro 2:24; 2 Corintios 5:21).

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La resurrección corporal de Jesucristo al tercer día es el fundamento de nuestra fe cristiana (1 Corintios 15:3-4). Por su resurrección, Cristo venció el poder del pecado y la muerte, y aseguró la justificación y la vida eterna para todos los que creen en Él (Romanos 4:25; 6:9-10). Después de su resurrección, Jesús ascendió al cielo, donde está sentado a la diestra del Padre, intercediendo continuamente por los creyentes como nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 7:25; Romanos 8:34).

Jesucristo regresará en gloria para establecer su reino eterno (Hechos 1:11; Apocalipsis 19:11-16). Este evento será visible y glorioso, y marcará el final de la historia tal como la conocemos, trayendo juicio sobre los impíos y salvación plena a los creyentes (Mateo 25:31-46). Jesús es el Rey de reyes y Señor de señores, y su reino no tendrá fin (Lucas 1:33). Como creyentes, nuestra esperanza y confianza están puestas en su regreso, sabiendo que Él traerá justicia y restauración a toda la creación.

5El Espíritu Santo

Creemos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, quien procede del Padre y del Hijo, y cuya misión es glorificar a Cristo y aplicar la obra de redención en los corazones de los creyentes (Juan 15:26; 16:13-14). El Espíritu Santo convence al mundo de pecado, justicia y juicio, y es el agente de regeneración y renovación en la vida de los creyentes (Juan 3:5; Tito 3:5). A través del nuevo nacimiento, el Espíritu Santo nos une a Cristo y nos hace miembros de su cuerpo, la Iglesia (1 Corintios 12:13).

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El Espíritu Santo habita en cada creyente desde el momento de la salvación, sellándonos como propiedad de Dios y garantía de nuestra herencia eterna (Efesios 1:13-14). Él nos capacita para vivir una vida piadosa, nos guía en toda verdad y nos fortalece para resistir la tentación y vencer el pecado (Gálatas 5:16-25). Además, el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse, ayudándonos en nuestra debilidad y guiándonos en la voluntad de Dios (Romanos 8:26-27).

El Espíritu Santo también otorga dones espirituales a cada creyente para la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:4-11). Estos dones son diversas manifestaciones del poder del Espíritu y deben ser usados con amor, humildad y en conformidad con las Escrituras (1 Pedro 4:10). La vida cristiana es imposible sin la obra del Espíritu Santo, quien es el consolador, el maestro y el agente de nuestra santificación (Juan 14:26). Por lo tanto, los creyentes deben buscar ser llenos del Espíritu, vivir en su poder y seguir su guía diariamente.

6La Creación

Creemos que Dios creó el universo y todo lo que en él hay en seis días literales, como se narra en el libro de Génesis (Génesis 1:1-31). Cada día fue un período de 24 horas, durante los cuales Dios habló y la creación obedeció, formando el cielo, la tierra, los mares, las plantas, los animales y finalmente al hombre y la mujer. Esta creación fue buena en gran manera y refleja la gloria, el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 19:1; Romanos 1:20).

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Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, dándoles dignidad, razón, moralidad y la capacidad de relacionarse con Él y con los demás (Génesis 1:26-27). Adán y Eva fueron colocados en un entorno perfecto, el Jardín del Edén, donde tenían comunión directa con Dios y dominaban sobre la creación. Sin embargo, a través de la desobediencia de Adán, el pecado entró en el mundo, trayendo consigo la muerte espiritual y física, y afectando a toda la creación (Génesis 3:1-7; Romanos 5:12).

La caída del hombre trajo corrupción y desorden a la creación, pero Dios, en su misericordia, prometió redimir a la humanidad a través de un Salvador que vencería al pecado y restauraría la relación entre Dios y el hombre (Génesis 3:15). Esta redención fue cumplida por Jesucristo, quien vivió una vida perfecta y murió en lugar de los pecadores, satisfaciendo la justicia de Dios y ofreciendo reconciliación a través de la fe (1 Corintios 15:22; 2 Corintios 5:18-21).

7La Salvación

Creemos que la salvación es un acto soberano de la gracia de Dios, mediante el cual los pecadores son redimidos y reconciliados con Dios a través de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-9). La salvación es completamente por gracia y no por obras, lo que significa que no hay nada que podamos hacer para ganar o merecer la salvación. La base de nuestra salvación es la obra redentora de Cristo en la cruz, donde Él tomó sobre sí nuestros pecados y sufrió el castigo que nosotros merecíamos (Isaías 53:4-6; 1 Pedro 2:24). Al resucitar, Jesús derrotó la muerte y aseguró la vida eterna para todos los que creen en Él (Romanos 6:4-5).

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Creemos que la salvación tiene varias dimensiones. La justificación es el acto mediante el cual Dios declara justo al pecador que pone su fe en Cristo, imputándole la justicia de Cristo (Romanos 5:1; 2 Corintios 5:21). La santificación es el proceso continuo por el cual el creyente es conformado a la imagen de Cristo a través del poder del Espíritu Santo (1 Tesalonicenses 4:3; 2 Corintios 3:18). Finalmente, la glorificación es el estado final de los redimidos, cuando serán perfeccionados y recibirán cuerpos glorificados en la segunda venida de Cristo (Romanos 8:30; Filipenses 3:21).

Además, creemos en la elección incondicional y la predestinación. Antes de la fundación del mundo, Dios escogió soberanamente a aquellos que serían salvos, no basado en ninguna obra o mérito humano, sino conforme al propósito de su voluntad y gracia (Efesios 1:4-5; Romanos 8:29-30). La doctrina de la elección incondicional afirma que Dios, en su soberanía, ha decidido salvar a algunos pecadores por pura gracia, no por algo que estos hayan hecho o por alguna virtud que posean, sino únicamente por su beneplácito. Ejemplos de esta elección se encuentran en la elección de Isaac sobre Ismael (Génesis 21:12), de Jacob sobre Esaú (Romanos 9:10-13), y de Israel como nación sobre todas las demás (Deuteronomio 7:6-8). Esto, sin embargo, no elimina la responsabilidad del ser humano de arrepentirse y creer en el evangelio (Hechos 17:30-31).

Es crucial aclarar que la doctrina de la predestinación y la elección incondicional no debe ser reducida a la idea de "una vez salvo, siempre salvo" en un sentido antinómico, que sugiere que una vez que una persona ha hecho una profesión de fe, su vida y conducta posterior son irrelevantes, y que puede vivir en pecado sin consecuencias. Esta comprensión es parcial e incorrecta. La verdadera enseñanza bíblica sobre la salvación, la elección y la perseverancia de los santos sostiene que aquellos a quienes Dios ha predestinado y elegido también serán santificados y perseverarán en la fe hasta el fin (Filipenses 1:6; Hebreos 12:14). La fe que salva es una fe viva, que produce frutos de arrepentimiento y una vida transformada (Mateo 7:16-20; Santiago 2:17).

Por otro lado, afirmar que "la salvación se pierde" también es una comprensión inexacta de la doctrina bíblica. Esta posición a menudo surge de una interpretación incorrecta de ciertos pasajes, como Hebreos 6:4-6, 2 Pedro 2:20-22, y Juan 15:6, que parecen sugerir que un creyente puede perder su salvación. Sin embargo, cuando estos pasajes se interpretan en el contexto más amplio de las Escrituras y utilizando un marco hermenéutico sólido, como el que afirmamos en esta confesión, se entiende que estos textos advierten contra la apostasía y la falta de perseverancia, evidenciando que aquellos que finalmente se apartan nunca fueron verdaderamente salvos (1 Juan 2:19; Romanos 8:38-39).

La salvación genuina produce un cambio real y continuo en la vida del creyente. Los frutos de arrepentimiento, la obediencia a la Palabra de Dios, y la perseverancia en la fe son evidencias de que una persona ha sido verdaderamente salvada y elegida por Dios. La seguridad de la salvación no es una excusa para la negligencia espiritual o el pecado deliberado, sino un llamado a vivir una vida santa y consagrada a Dios, reflejando la obra transformadora del Espíritu Santo en nosotros (Romanos 6:1-2; Efesios 2:10).

En resumen, aunque creemos firmemente en la seguridad eterna de los verdaderos creyentes, también afirmamos que esta seguridad se evidencia en una vida de fidelidad y santidad. Aquellos que son verdaderamente salvos no usarán la gracia de Dios como licencia para pecar, sino que, por el contrario, se esforzarán por vivir de manera digna del llamamiento que han recibido, sabiendo que es Dios quien obra en ellos tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:12-13).

8La Iglesia

Creemos que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, compuesto por todos los creyentes verdaderos que han sido regenerados por el Espíritu Santo y están unidos a Cristo por la fe (1 Corintios 12:12-13; Efesios 1:22-23). La Iglesia universal incluye a todos los redimidos de todas las épocas, y se manifiesta localmente en congregaciones que se reúnen para la adoración, la enseñanza de la Palabra, la comunión, la oración y la práctica de las ordenanzas (Hechos 2:42; Hebreos 10:24-25). Jesús es la cabeza de la Iglesia, y cada miembro está llamado a participar activamente en su edificación y misión.

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La Iglesia tiene la responsabilidad de llevar el evangelio al mundo, discipular a los creyentes y mantener la pureza doctrinal y moral (Mateo 28:19-20; 2 Timoteo 2:2). La Iglesia es la familia de Dios, un cuerpo unido por el amor y el servicio mutuo, donde los dones del Espíritu Santo son ejercidos para la gloria de Dios y el bien común (1 Corintios 12:7; Efesios 4:11-13). La Iglesia es también el templo del Espíritu Santo, donde Dios habita y obra en medio de su pueblo (1 Corintios 3:16-17). Como tal, la vida de la Iglesia debe reflejar la santidad, el amor y la verdad de Dios.

Además, creemos en la necesidad de la pureza y disciplina eclesiástica. La Iglesia debe separarse de movimientos apóstatas y de aquellos que practican el pecado, para mantener su santidad y fidelidad al evangelio (2 Corintios 6:14-17; 2 Tesalonicenses 3:6). La disciplina eclesiástica, cuando se practica bíblicamente, es un medio para restaurar al pecador, proteger a la iglesia y glorificar a Dios. La Iglesia está llamada a ser una luz en el mundo, mostrando el amor de Cristo a través de sus obras y proclamando el mensaje de salvación con fidelidad y claridad (Mateo 5:14-16; Filipenses 2:15-16).

9Los Sacramentos

Bautismo

Creemos que el bautismo es un mandamiento del Señor Jesucristo y un sacramento vital en la vida del creyente. El bautismo, administrado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es una señal visible y un sello de la obra interna de la gracia de Dios. Aunque hay diferentes interpretaciones sobre la forma correcta del bautismo, reconocemos que la inmersión en agua, conforme al mandato bíblico y al ejemplo de Cristo, simboliza plenamente la muerte, sepultura y resurrección del creyente en unión con Cristo (Mateo 28:19; Romanos 6:3-4). La inmersión es la práctica más consistente con el testimonio del Nuevo Testamento y con la práctica de la iglesia primitiva.

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Sin embargo, reconocemos que, en la historia de la iglesia, algunas iglesias cristianas de tradición reformada han defendido la práctica del bautismo por aspersión o efusión (derramamiento) como formas válidas, especialmente en contextos donde la inmersión no era práctica o posible. Estas iglesias han argumentado que la esencia del bautismo no reside en la cantidad de agua utilizada, sino en la aplicación de agua como símbolo de la purificación y la inclusión en el pacto de gracia. En esta comprensión, tanto la inmersión como la aspersión pueden ser vistas como formas legítimas de bautismo.

Dentro de nuestra declaración de fe, afirmamos que la forma de bautismo no debe ser motivo de división entre los creyentes. Aunque confesamos la inmersión como la forma más bíblica y simbólica, respetamos y aceptamos la diversidad de práctica en la historia de la iglesia y en las tradiciones cristianas que sostienen una interpretación bíblica alternativa. Sin embargo, afirmamos que el bautismo debe seguir a una confesión de fe personal y no debe ser visto como un medio de regeneración en sí mismo, sino como un acto de obediencia y testimonio de la fe salvadora en Cristo.

Este entendimiento del bautismo permite que nuestra comunidad de fe mantenga la unidad en la diversidad de prácticas, mientras se adhiere firmemente a la enseñanza bíblica sobre el significado y la importancia del bautismo en la vida del creyente.

Cena del Señor

Creemos que la Cena del Señor, también conocida como la comunión, es un sacramento instituido por Jesucristo que simboliza su sacrificio expiatorio en la cruz. Los elementos del pan y el vino representan el cuerpo y la sangre de Cristo, dados por nosotros para la remisión de los pecados y la vida eterna (Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:23-26). Participar de la Cena del Señor es un acto de comunión con Cristo y con los demás creyentes, y debe ser practicado con reverencia y autoexamen, reconociendo la santidad de este sacramento (1 Corintios 11:27-29).

La Cena del Señor es un recordatorio continuo de la obra redentora de Cristo y una proclamación de su muerte hasta que Él venga nuevamente. Es también un tiempo de reflexión personal y arrepentimiento, así como de celebración de la nueva vida que tenemos en Cristo. Aunque el pan y el vino son símbolos, la Cena del Señor es un medio de gracia por el cual los creyentes son fortalecidos en su fe y renovados en su compromiso con el Señor.

Ambos sacramentos, el bautismo y la Cena del Señor, son signos visibles de la gracia de Dios y deben ser administrados en la iglesia con fidelidad a la enseñanza bíblica. Aunque no son medios de salvación en sí mismos, son expresiones importantes de la fe y de la obediencia del creyente, y juegan un papel esencial en la vida espiritual y comunitaria de la iglesia.

10La Segunda Venida de Cristo

Creemos que Jesucristo regresará en gloria y poder, de manera personal, visible y premilenial, para establecer su reino eterno (Hechos 1:11; Apocalipsis 19:11-16). Este evento marcará el clímax de la historia de redención, cuando Cristo regresará para juzgar a los vivos y a los muertos, y establecerá un reino de justicia, paz y amor. La segunda venida de Cristo es la esperanza bienaventurada de los creyentes, y debemos vivir en anticipación y preparación para este evento (Tito 2:13; 1 Tesalonicenses 4:16-17).

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En su regreso, los muertos en Cristo resucitarán primero, seguidos por los creyentes que estén vivos, quienes serán transformados y recibirán cuerpos glorificados (1 Corintios 15:51-52). Este evento será seguido por el juicio final, donde todos los seres humanos serán juzgados según sus obras (Mateo 25:31-46; Apocalipsis 20:11-15). Los justos, aquellos que han puesto su fe en Cristo, recibirán la vida eterna en la presencia de Dios, mientras que los impíos serán condenados al castigo eterno en el infierno (Juan 5:28-29).

La segunda venida de Cristo también traerá la plena manifestación del reino de Dios, donde todas las promesas de Dios serán cumplidas y el mal será derrotado para siempre (Apocalipsis 21:1-4). Este reino será un reino de justicia y paz, donde Dios morará con su pueblo, y no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor. Como creyentes, debemos vivir en la esperanza de su venida, comprometidos en nuestra fe y fieles en nuestro testimonio hasta que Él regrese (2 Pedro 3:11-14).

11El Estado Eterno

Creemos en la resurrección corporal de todos los muertos: los creyentes para vida eterna en la presencia de Dios, y los no creyentes para el castigo eterno en el infierno (Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:12-15). El cielo y el infierno son destinos reales y eternos, determinados por la respuesta de cada persona a Jesucristo. Aquellos que han puesto su fe en Cristo disfrutarán de la comunión eterna con Dios en un nuevo cielo y una nueva tierra, donde reinará la justicia y la paz (2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1-4).

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El estado eterno de los creyentes es un estado de gozo indescriptible en la presencia de Dios, donde experimentarán la plenitud de su salvación y la comunión perfecta con Él (Salmo 16:11; 1 Corintios 2:9). En el cielo, los redimidos vivirán en cuerpos glorificados, libres del pecado, la muerte y el sufrimiento. Será un estado de perfecta adoración, donde los creyentes disfrutarán de la compañía de todos los santos y de la presencia del Señor por la eternidad (Apocalipsis 22:3-5).

Por otro lado, aquellos que han rechazado a Cristo serán condenados al castigo eterno en el infierno, un lugar de tormento consciente y separación eterna de la presencia de Dios (Mateo 25:41-46; 2 Tesalonicenses 1:9). El infierno es un lugar de justicia retributiva, donde los impíos sufrirán el justo juicio de Dios por sus pecados. Esta realidad nos urge a proclamar el evangelio con urgencia, sabiendo que el destino eterno de las almas depende de su respuesta a Cristo (Mateo 28:19-20; Romanos 10:13-15).

12El Gobierno de la Iglesia

Creemos que la Iglesia es gobernada bajo la autoridad de Jesucristo, quien es la cabeza de la Iglesia universal (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18). A nivel local, la iglesia debe estar gobernada por ancianos y diáconos cualificados, según las enseñanzas del Nuevo Testamento (1 Timoteo 3:1-13; Tito 1:5-9), a quienes llamamos pastores. Los pastores son responsables de la enseñanza, la supervisión espiritual y el cuidado pastoral de la congregación, mientras que los diáconos (a quienes llamamos oficiales) sirven en roles de apoyo, atendiendo las necesidades físicas y administrativas de la iglesia.

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El gobierno de la iglesia debe ser llevado a cabo con humildad, amor y sabiduría, buscando siempre la voluntad de Cristo y el bienestar de la congregación (1 Pedro 5:1-4). Los líderes de la iglesia deben ser ejemplos de piedad y servicio, ejerciendo su autoridad con mansedumbre y justicia. La iglesia debe practicar la disciplina bíblica y tomar decisiones bajo la guía del Espíritu Santo y la autoridad de las Escrituras (Mateo 18:15-20; Gálatas 6:1). Los miembros de la iglesia están llamados a someterse a sus líderes en tanto que estos sigan la Palabra de Dios, y a participar activamente en la vida y misión de la iglesia (Hebreos 13:17).

El gobierno de la iglesia también debe reflejar la unidad y la diversidad del cuerpo de Cristo. La iglesia local debe ser un lugar donde los dones y talentos de cada miembro sean reconocidos y utilizados para la edificación del cuerpo y la expansión del reino de Dios (Efesios 4:11-13). La pluralidad de ancianos en la iglesia local asegura una mayor responsabilidad y una mejor dirección en la toma de decisiones, evitando la concentración de poder en una sola persona. Este gobierno plural busca reflejar el carácter del gobierno divino, que es justo, amoroso y sabio.

En cuanto al rol de las mujeres en el gobierno de la iglesia, reconocemos la valiosa contribución de las mujeres en la obra del Señor y en el servicio a la comunidad de fe. Sin embargo, creemos que la enseñanza de las Escrituras asigna el rol de liderazgo y enseñanza pública en la congregación a los hombres que cumplen con las cualificaciones establecidas en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9. En este sentido, no reconocemos el título de "Pastora" en la función de gobierno, enseñanza o liderazgo pastoral sobre la congregación.

El título de "Pastora" en nuestro contexto se utiliza como una manera de honrar a la esposa del pastor, quien desempeña un papel de apoyo crucial en su ministerio y en la vida de la iglesia. Sin embargo, este uso del título no implica que la esposa del pastor asuma roles de gobierno o enseñanza sobre la congregación, roles que las Escrituras reservan para hombres calificados (1 Timoteo 2:12; 1 Corintios 14:34-35).

Al afirmar que no reconocemos el título de "Pastora" en el rol de enseñanza o liderazgo sobre la congregación, no estamos diciendo que las mujeres no puedan enseñar. Por el contrario, reconocemos y valoramos el ministerio de enseñanza de las mujeres en contextos que se alinean con las Escrituras, como en la enseñanza a otras mujeres, a niños, y en otras áreas de la vida de la iglesia donde sus dones puedan edificar el cuerpo de Cristo (Tito 2:3-5; 2 Timoteo 1:5).

13El Discipulado

Creemos que el discipulado es el proceso por el cual los creyentes son conformados a la imagen de Cristo mediante la enseñanza, la práctica y el ejemplo (Mateo 28:19-20; Romanos 8:29). El discipulado comienza con la evangelización, pero continúa a lo largo de toda la vida cristiana, involucrando el crecimiento en la fe, el conocimiento de las Escrituras, la oración y la vida en comunidad. Cada creyente es llamado a ser un discípulo y a hacer discípulos, siguiendo el mandato de la Gran Comisión.

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El discipulado implica una transformación integral de la vida, donde los valores, prioridades y acciones del creyente son conformados al modelo de Cristo. Este proceso de santificación es una obra del Espíritu Santo, pero también requiere la cooperación activa del creyente, quien debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguir a Jesús diariamente (Lucas 9:23; Filipenses 2:12-13). El discipulado también incluye la enseñanza y el modelado de la vida cristiana por parte de creyentes más maduros, quienes ayudan a otros a crecer en su fe y a caminar de manera digna del evangelio (2 Timoteo 2:2; Tito 2:3-5).

La iglesia tiene la responsabilidad de proveer los medios para el discipulado a través de la predicación, la enseñanza, los grupos pequeños y el acompañamiento personal. El discipulado no es una opción, sino una parte esencial de la vida cristiana, que busca glorificar a Dios al reflejar el carácter de Cristo en cada área de la vida (Colosenses 1:28-29). Los creyentes deben ser equipados para vivir y compartir su fe, para resistir las tentaciones del mundo y para servir a otros en amor, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien vino no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (Marcos 10:45).

14La Disciplina de la Iglesia

Creemos que la disciplina eclesiástica es un mandato bíblico necesario para la pureza y la santidad de la iglesia (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:1-13). La disciplina se ejerce con el propósito de restaurar al pecador arrepentido, proteger a la iglesia del pecado y mantener la santidad y el testimonio del cuerpo de Cristo (Gálatas 6:1; 2 Tesalonicenses 3:6). Esta disciplina debe ser llevada a cabo de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo y las instrucciones apostólicas, siempre con un espíritu de amor, mansedumbre y justicia.

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La disciplina de la iglesia puede incluir la amonestación, la suspensión de privilegios y, en casos extremos, la excomunión. La amonestación es el primer paso, donde se busca corregir al hermano en privado. Si no hay arrepentimiento, el siguiente paso es involucrar a otros testigos, y finalmente, si persiste en su pecado, la iglesia debe ser informada para que tome medidas (Mateo 18:15-17). Sin embargo, la meta última es siempre la restauración del pecador y la reconciliación con Dios y la iglesia (2 Corintios 2:6-8).

La disciplina es un acto de amor que busca el bien del individuo y la salud de la comunidad, y es un reflejo de la santidad y la justicia de Dios (Hebreos 12:10-11). La iglesia debe ser diligente en mantener su pureza y en aplicar la disciplina con fidelidad a la Palabra de Dios, sabiendo que un poco de levadura leuda toda la masa (1 Corintios 5:6-7). Al practicar la disciplina, la iglesia protege su testimonio ante el mundo y glorifica a Dios al reflejar su carácter santo y justo.

15La Perseverancia de los Santos

Creemos que todos los verdaderos creyentes, aquellos que han sido regenerados por el Espíritu Santo y han puesto su fe en Jesucristo, serán guardados por el poder de Dios y perseverarán en la fe hasta el fin (Juan 10:28-29; 1 Pedro 1:3-5). Esta perseverancia no depende de la fuerza o habilidad del creyente, sino de la fidelidad y poder de Dios, quien ha prometido completar la buena obra que comenzó en ellos (Filipenses 1:6). La doctrina de la perseverancia de los santos nos asegura que, aunque los creyentes puedan caer en pecado, no perderán su salvación, sino que serán llevados al arrepentimiento y restaurados a la comunión con Dios (1 Juan 2:1; Hebreos 12:7-8).

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La perseverancia de los santos es una evidencia de la obra salvadora de Dios en sus vidas. Los creyentes pueden enfrentar pruebas, tentaciones y sufrimientos, pero la gracia de Dios les capacitará para permanecer firmes en la fe (Romanos 8:35-39). Esta perseverancia es alimentada por la obra del Espíritu Santo, quien mora en los creyentes, y por la Palabra de Dios, que es nuestra fuente de verdad y fortaleza. La perseverancia es también un llamado a la vigilancia y a la oración, sabiendo que debemos depender completamente de Dios en cada momento (1 Corintios 10:12-13; Efesios 6:18).

Esta doctrina no solo nos da consuelo y esperanza, sino que también nos llama a una vida de santidad y devoción. La certeza de la salvación no es una licencia para pecar, sino un llamado a vivir de manera digna del evangelio, creciendo en santidad y amor por Dios y los demás (Filipenses 2:12-13; 2 Pedro 1:10-11). La perseverancia de los santos es, en última instancia, un testimonio de la fidelidad de Dios, quien guarda a su pueblo y lo llevará a la glorificación final en su presencia eterna (Judas 1:24-25).

16Los Dones Espirituales

Naturaleza y Propósito de los Dones Espirituales

Creemos que los dones espirituales son facultades otorgadas por el Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia y la proclamación del evangelio (1 Corintios 12:4-7). Entre estos dones se mencionan, en la era apostólica, la profecía, el hablar en lenguas y la sanidad, los cuales sirvieron como señales de autenticación del mensaje de los apóstoles y del inicio de la Iglesia (Hebreos 2:3-4; Marcos 16:20). Desde una perspectiva histórica y gramatical, entendemos que estos dones milagrosos tuvieron un propósito específico en el establecimiento de la revelación del Nuevo Testamento y en la confirmación de su autoridad.

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La Cesación de los Dones Milagrosos

Afirmamos que los dones extraordinarios (profecía, hablar en lenguas y sanidad con potestad inmediata) cesaron con la muerte de los apóstoles y la finalización del canon de las Escrituras (1 Corintios 13:8-10; Efesios 2:20). Creemos que estas manifestaciones sirvieron para autenticar el mensaje revelado en el período fundacional de la Iglesia, y que, con la consolidación del texto bíblico, la necesidad de estas señales milagrosas disminuyó progresivamente. Esto no niega la soberanía de Dios para obrar milagros o sanar cuando Él así lo disponga (o providencialmente), sino que sostiene que el ejercicio continuo de estos dones, tal como ocurrieron en la época apostólica, ya no es normativo.

El Uso Actual de los Dones y la Autoridad de la Escritura

Aunque creemos que los dones extraordinarios descritos en el Nuevo Testamento cumplieron su propósito, reconocemos que el Espíritu Santo continúa distribuyendo otros dones y capacidades (administración, enseñanza, exhortación, servicio, etc.) para la edificación mutua (1 Corintios 12:28; Romanos 12:6-8). Estos deben ser empleados con amor, humildad y sujeción a la Palabra de Dios, buscando siempre la gloria del Señor (1 Pedro 4:10-11). Toda práctica relacionada con dones espirituales debe ser evaluada a la luz de las Escrituras, pues la Biblia es la máxima autoridad y la regla suficiente de fe y conducta (2 Timoteo 3:16-17).

17Los Roles de Género dentro de la Iglesia

Fundamento Bíblico de la Diferencia de Roles

Creemos que Dios creó al hombre y a la mujer con igual valor y dignidad, pero con roles complementarios tanto en la familia como en la iglesia (Génesis 1:27; 2:18). Siguiendo una interpretación histórico-gramatical de las Escrituras, vemos que el hombre es llamado a liderar con amor sacrificial y responsabilidad espiritual, mientras que la mujer es llamada a apoyar, enseñar a otras mujeres y a los niños, y servir con sus dones de manera vital en la congregación (Efesios 5:22-25; Tito 2:3-5).

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El Rol del Hombre en la Iglesia

En la iglesia, los hombres que cumplen con las cualificaciones bíblicas son llamados a ejercer el liderazgo pastoral y la enseñanza principal (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9). Esto implica la responsabilidad de guiar, proteger y alimentar espiritualmente al rebaño de Dios (Hechos 20:28). Si bien no todos los hombres son llamados a ser pastores o ancianos, sí se los anima a participar activamente en el servicio, el discipulado y la edificación de la iglesia, tomando la iniciativa en el cuidado espiritual de las familias y de la congregación.

El Rol de la Mujer en la Iglesia

Afirmamos la importancia y necesidad del ministerio de la mujer en la vida de la iglesia. Las Escrituras muestran ejemplos de mujeres sirviendo fielmente en la obra del Señor (Romanos 16:1-2; Filipenses 4:2-3). Sin embargo, entendemos que la enseñanza pública y la autoridad pastoral, según la instrucción bíblica, están reservadas para hombres calificados (1 Timoteo 2:12-14). Esto no minimiza la contribución espiritual de las mujeres, pues son llamadas a discipular a otras mujeres, a enseñar en contextos apropiados, a servir en múltiples áreas del ministerio y a apoyar la obra del evangelio con sus dones (Tito 2:3-5; Hechos 18:26). De esta forma, hombres y mujeres cooperan de manera complementaria para la edificación y la misión de la iglesia, honrando el diseño de Dios y glorificándolo en todas las cosas.

18Santidad de la Vida

Creemos en la santidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, ya que cada ser humano es creado a imagen de Dios (Génesis 1:26-27; Salmo 139:13-16). Esta creencia nos lleva a oponernos al aborto, la eutanasia y cualquier forma de manipulación genética que no respete la dignidad y el valor de la vida humana. La vida es un don de Dios, y como tales, estamos llamados a protegerla y defenderla en todas sus etapas.

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El aborto es un pecado grave que niega la humanidad del no nacido y viola el mandamiento de no matar (Éxodo 20:13). Como creyentes, estamos llamados a defender a los más vulnerables y a apoyar a las madres en situaciones difíciles, promoviendo alternativas que honren la vida. Del mismo modo, la eutanasia y el suicidio asistido son actos que niegan la soberanía de Dios sobre la vida y la muerte, y que no deben ser aprobados ni practicados por los cristianos.

Además, nos oponemos a la clonación humana y cualquier forma de manipulación genética que busque alterar la identidad o la naturaleza esencial de la humanidad. Estos actos son una usurpación del papel de Dios como Creador y un rechazo de su diseño perfecto para la vida humana. Como cristianos, estamos llamados a respetar y honrar la vida en todas sus formas, promoviendo el cuidado, la compasión y la dignidad para todos (Proverbios 24:11-12).

19Santidad del Matrimonio y la Sexualidad

Creemos que el matrimonio es una institución divina establecida por Dios desde la creación, un pacto sagrado entre un hombre y una mujer para toda la vida (Génesis 2:24; Mateo 19:4-6). El matrimonio es una representación del amor y la fidelidad de Cristo hacia su iglesia, y como tal, debe ser honrado y defendido. Cualquier forma de unión sexual fuera del matrimonio bíblico es pecado, incluyendo la fornicación, el adulterio y las prácticas homosexuales (1 Corintios 6:9-10; Hebreos 13:4).

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El diseño de Dios para la sexualidad humana es que sea expresada exclusivamente dentro del matrimonio entre un hombre y una mujer. Las Escrituras condenan las relaciones sexuales fuera del matrimonio, el divorcio por razones no bíblicas y cualquier forma de inmoralidad sexual (1 Tesalonicenses 4:3-5; Mateo 5:31-32). Los creyentes están llamados a vivir en pureza sexual, reflejando la santidad de Dios en sus cuerpos y en sus relaciones (1 Corintios 6:18-20).

Creemos también que el divorcio y las segundas nupcias solo son permitidos en casos de infidelidad conyugal o abandono por parte de un no creyente, según las enseñanzas de Jesucristo y los apóstoles (Mateo 19:9; 1 Corintios 7:15). Sin embargo, incluso en estos casos, el perdón y la reconciliación deben ser la primera opción para los creyentes. La iglesia tiene la responsabilidad de enseñar y defender estos principios, ayudando a las familias a vivir de acuerdo con el diseño de Dios para el matrimonio (Efesios 5:22-33).

20Ángeles y Demonios

Creemos en la existencia de los ángeles, seres espirituales creados por Dios para servirle y adorarle (Hebreos 1:14; Salmo 103:20). Los ángeles son mensajeros y ministros de Dios, desempeñando roles importantes en la historia de la redención y en la protección de los creyentes. Aunque invisibles, los ángeles están activamente involucrados en los propósitos de Dios y son ejemplos de obediencia y devoción al Señor (Daniel 6:22; Lucas 1:26-38).

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Creemos también en la existencia de Satanás y los demonios, ángeles caídos que se rebelaron contra Dios y fueron expulsados del cielo (Isaías 14:12-15; Apocalipsis 12:7-9). Satanás es el enemigo de Dios y de la humanidad, y junto con sus demonios, busca engañar, tentar y destruir a los seres humanos (1 Pedro 5:8; Efesios 6:12). Sin embargo, Satanás y sus demonios están limitados por el poder de Dios y, finalmente, serán derrotados y arrojados al lago de fuego por toda la eternidad (Apocalipsis 20:10).

Creemos que los creyentes, en quienes mora el Espíritu Santo, no pueden ser poseídos por demonios. El Espíritu Santo habita en el corazón de cada creyente, y donde mora el Espíritu de Dios, Satanás y sus demonios no tienen poder para poseer o controlar (1 Corintios 6:19; 1 Juan 4:4). La presencia del Espíritu Santo en el creyente es una garantía de la victoria sobre el maligno, y aunque los creyentes pueden ser tentados o atacados espiritualmente, no pueden ser poseídos porque han sido sellados por Dios (Efesios 1:13-14).

Los creyentes no son llamados a hablar o luchar directamente con demonios, sino a resistir al diablo permaneciendo firmes en la fe y equipándose con la armadura de Dios (Efesios 6:10-18; Santiago 4:7). En caso de enfrentarnos a una persona que parece estar poseída, nuestra respuesta debe ser predicarle el evangelio y proclamar el señorío de Jesucristo, invocando a Jesús como Señor y Salvador. En el Nuevo Testamento, los apóstoles proclamaron el evangelio y el poder del nombre de Jesucristo sobre todas las fuerzas del mal (Hechos 16:16-18; Marcos 5:1-20). La respuesta bíblica a la presencia demoníaca no es dialogar con los demonios, sino proclamar la verdad del evangelio y confiar en el poder de Cristo para liberar y salvar.

Los creyentes están llamados a resistir al diablo y sus artimañas, equipándose con la armadura de Dios y permaneciendo firmes en la fe (Efesios 6:10-18; Santiago 4:7). Aunque los demonios tienen poder, los cristianos no deben temerles, ya que Cristo ha vencido al maligno y nos ha dado autoridad sobre ellos (Lucas 10:19; 1 Juan 4:4). La batalla espiritual es real, pero los creyentes pueden confiar en la victoria de Cristo y vivir en la seguridad de su protección y poder.

21Visión Bíblica del Género

Creemos que Dios creó a la humanidad en dos géneros distintos: masculino y femenino, ambos igualmente valiosos y complementarios, diseñados para reflejar la imagen de Dios de manera única (Génesis 1:27). Los roles de hombres y mujeres están definidos por Dios y son fundamentales para el bienestar de la familia y la iglesia. En la familia, el hombre es llamado a liderar con amor sacrificial, siguiendo el ejemplo de Cristo, mientras que la mujer es llamada a someterse voluntariamente en amor, reflejando la relación entre Cristo y la iglesia (Efesios 5:22-33).

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En la iglesia, aunque hombres y mujeres son iguales en valor y dignidad, Dios ha designado roles distintos, llamando a los hombres a liderar en la enseñanza y el gobierno de la iglesia, mientras que las mujeres desempeñan roles vitales en la edificación del cuerpo de Cristo (1 Timoteo 2:11-14; Tito 2:3-5). Estos roles no son una cuestión de capacidad o valor, sino de obediencia al orden creado por Dios.

Creemos que cualquier intento de redefinir o alterar los roles de género, como el movimiento transgénero, es una violación del diseño de Dios y de su voluntad revelada en las Escrituras. Los creyentes están llamados a vivir de acuerdo con su género biológico, aceptando con gratitud el diseño de Dios para sus vidas (Deuteronomio 22:5; 1 Corintios 11:3). La iglesia debe ser un lugar donde se enseñe y modele una visión bíblica del género, ayudando a los creyentes a vivir en conformidad con la verdad de Dios.

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